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Encuentro con el malvado
" El que ha cometido un asesinato
no parará hasta caer en la tumba:
¡que nadie intente detenerlo!”
( Proverbio 28-17 )

Foto de Jesús, uno de los responsables materiales del
Hundimiento
del Remolcador "13 de Marzo" / Foto: Cortesia de Jorge
A. Garcia
Los muchachos corretean
sudorosos, de aquí para allá y de un lado hacia otro,
por toda la cuadra de Fray Alonso a la vera de la Loma
del Chipre.
De repente asoma por la calle H un jeep ruso; cachivache
de los que abundan y gasta gasolina como un trastornado.
El vehículo dobla a la izquierda y se estaciona justo al
portón de la vivienda marcada con el número 362. En la
puerta del carro un rótulo pone al desnudo su
procedencia: Servicios Marítimos.
Tres hombres bajan del coche, incluso, el conductor. Uno
de ellos, el más flaco, cuyo bigote tiende a unirse con
la melena, va delante para trepar unos pocos peldaños en
la escalera que lo lleva hasta donde vive. Los otros
permanecen abajo.
Los muchachos han tenido que irse del sitio. En la boca
del pasillo contiguo, el viejo Santiago parece
contemplarlos; pero mira y no ve. Está ensimismado en
sus pensamientos, como buscando aliento para encontrar
su niño; el nieto desaparecido días atrás.

Casa de Jesús - Presione sobre la foto para ampliarla
/
Foto: Cortesia de Jorge A. Garcia
Son las dos y tantas de la tarde del jueves 21 de julio
de 1994.
El melenudo no demora, y baja en compañía de su hermano;
ambos se acercan al viejo vestidos del mismo uniforme
color beige con trabillas en los hombros. El primero con
voz entrecortada le dice:
—Quiero hablar contigo.
Todos en fila india caminan por el pasillo hasta donde
vive Santiago en el fondo. Entran al comedor y se
sientan a conversar a la mesa. Apenas habían
intercambiado palabra alguna cuando el melenudo se pone
de pie; alza su camisa por encima de la cintura y se
tuerce de lado rotando en ambos sentidos y dice:
—Mira estoy desarmado -apaga su voz un instante como
para tragar en seco y agrega:
—Vengo a que me mates.
El viejo Santiago, un tanto perplejo por la inesperada
conducta, lleva su mano a la cabeza, tal vez buscando
despejarla de malos presagios y le responde:
—Siéntate Jesucito... siéntate. A ver, ¿qué es lo que
hay?
El hombre de treinta y no sé cuántos años le tiemblan
las manos y se ha orinado en los pantalones.
—Por ahí están diciendo... una mujer por Radio Martí
dijo que yo hundí el barco. Jesucito hace una pausa
breve y prosigue: Yo no tuve que ver en eso; la culpa no
es mía. Yo cumplía órdenes, cumplía órdenes. Te lo juro.
La frase queda aleteando en el aire.
—Pero mi hijo Tinguino me dijo que tú estabas temprano
aquí ese día, inclusive, que te había visto como a las
siete de la mañana... ¿Puede ser? indaga Santiago.
—Sí, porque me trajeron casi amaneciendo responde
Jesucito mientras pela de uñas sus largos dedos con los
dientes. Esa noche yo no pensaba ir a trabajar, pero me
llamaron del trabajo diciendo que, sin falta, tenía que
estar allí a las nueve, porque había un Operativo.
Entonces me fui. -Termina diciendo.
—Pero ven acá muchacho. Tú conoces muy bien a mi niño. Y
mi niño iba atrás en la popa con su madre. No me vengas
a decir que no los viste, con esos reflectores que
ponían la noche como el día. ¡Coño chico!. No pudiste...
no sé, encerrarlos, cogerlos presos, en vez de hacer lo
que hiciste —reclama Santiago en tono más severo que al
principio.
—La gente dice que yo hundí el trece con mi barco y no
es así. Déjame explicarte: Yo estaba anclado de Guardia
y de pronto me avisan, Jesús dale que se te va el trece.
Yo salí les prendí las luces, y les pasé adelante por la
garita. Hice señas con las luces para que pararan, pero
no eché agua. Me atravesé delante y el capitán del trece
me chocó. Dije: ¡eh! este tipo está loco y me despegué.
A mi me echan la culpa, pero yo me mantuve todo el
tiempo delante. -Asegura Jesucito.
—Oye viejo... por qué no los detuviste en El Morro si tú
tenías una máquina más potente. Y no eras tú solo habían
otros más. ¿Por qué no los detuvieron? Insiste Santiago,
como buscando una respuesta de alivio a su dolor.
—Yo no podía detenerlos Santiago. Iba en contra de las
leyes. Corría el riesgo de perder mi salario... mi
trabajo de patrón de Polargo. Con eso voy escapando. Yo
soy un bisnero como otro cualquiera; no soy
revolucionario ni nada de eso. Además, yo tengo un hijo
grande que está loco por irse del país. ¡A mí me
mandaron a hacer eso! Afirma Jesucito.
Parece que todo está a punto de finalizar. Santiago se
levanta, camina lento a la cocina, abre la gaveta del
estante y saca un cuchillo grande; el mismo que usa a
menudo para matar puercos. Lo toma con su mano asido con
los dedos por la parte del mango y lo sacude enfilándolo
hacia el techo.
—Esto que ves aquí se lo dejamos al tiempo —exclama
Santiago a manera de promesa.
Jesucito palidece y con voz tartamudeante trata de
sofocar el agitado instante.
—Les... tiré salvavidas a setenta metros. Tenía miedo
que me abordaran el barco.
—¿Tú sabes lo que son setenta metros?. Parece que tú no
sabes lo que son setenta metros. Sentencia Santiago.
Martha, la mujer de Santiago llega inesperadamente. Se
ve indignada, y algo descompuesta se dirige a los
presentes:
—Bueno, bueno... ya esto se acabó y más nada. Arriba,
arriba. Ella temía que su hijo Leonardo; un mulo de
violento, entrara en esos momentos y convirtiera aquel
comedor en escenario de cruenta batalla; donde,
naturalmente, a Jesucito le habría correspondido lo peor.
Aquellos hombres se levantaron sin objetar nada y
caminaron dando tumbos hasta la sala. No hubo despedidas;
el silencio se apropió de todos. Cuando salieron un
fuerte tirón cerró la puerta como para sellar de un
portazo aquel encuentro con el malvado.
A Jesús Martínez, alias el héroe, patrón del Polargo 5
se le atribuye la máxima responsabilidad del hundimiento
del remolcador 13 de marzo donde treinta y siete
personas perecieran ahogadas; niños una buena parte.
Santiago Gutiérrez, protagonista principal de este
encuentro es abuelo de Juan Mario Gutiérrez García, niño
de diez años desaparecido en el suceso.
“No es de cubano vivir como el chacal en la jaula
dándole vueltas al odio.” José Martí
Por: Jorge A. García, quien perdió 14 familiares ese
día) |
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