La carta de los tres curas.

Padre José Conrado

Padre José Conrado

POR ANDRÉS REYNALDO. 25 de enero de 2018.

Es la carta que perdieron la oportunidad de escribir, alguna vez, el cardenal Ortega y sus obispos de respuesta rápida. La carta que el resbaloso monseñor Carlos Manuel de Céspedes debió haber llevado prendida en la sotana durante su infatigable peregrinación de cóctel en cóctel por las embajadas de La Habana. La carta que monseñor Wenski debe repasar antes de pontificarle a los cubanos sobre el perdón y la reconciliación. La carta que el Papa Francisco (¡qué lindas carantoñas le hace el Papa Francisco a Raúl Castro!) debe leer antes de volver a decir que Cuba es la capital de la unidad.

Pero el Espíritu Santo sí tiene una opción preferencial por los pobres, los oprimidos, los que tienen hambre y sed de justicia, y sopla a ras de la tierra, levantando el polvo del conformismo, el colaboracionismo, la camajanería, para que se vea la dura, agónica raíz de la virtud. Para que el temeroso vea que puede vencer el miedo. De ahí que la carta a Raúl, una carta que le cobra a la dictadura una cuenta de casi 60 años, sin descuentos de complicidad y frivolidad, la hayan escrito tres curas: el Padre Castor José Alvarez de Devesa, de Camagüey; el Padre Roque Nelvis Morales Fonseca, de Holguín; y el Padre José Conrado Rodríguez Alegre, de Trinidad, un hombre que vale por toda una Conferencia Episcopal. Tres valientes curas.

“Desde la institucionalización del Partido Comunista como el único partido autorizado a existir, nunca se ha permitido a este pueblo alzar una voz diferente, antes bien, toda voz diferente que ha intentado hacerse oír ha sido silenciada”, dice la carta.

El Espíritu Santo, también, vela en la tradición y se obstina en el detalle. La carta ha sido publicada el 24 de enero, a 20 años de la misa presidida por San Juan Pablo II en Santiago de Cuba. Entonces, monseñor Pedro Meurice tuvo el arrojo de recordar, ante el mismo Fidel Castro, que la verdadera soberanía nace desde abajo en libertad y solidaridad, que la Iglesia sólo gana su autoridad en el compromiso, que la cultura no es propiedad de una ideología y que un partido no es una nación. Fue una verdadera calamidad, pienso yo, que por tantos años nuestra Iglesia hubiera estado bajo la rienda de Ortega y no de Meurice. Lo perdido en diplomacia y servicio se hubiera ganado en ejemplo y revelación. Hoy, tuviéramos más templos cerrados pero más corazones abiertos. Menos patrimonio inmobiliario, pero más patrimonio en la fe. Al cabo, Cristo vino a ser espada, escándalo liberador, subversiva norma, simiente en la catacumba, y no tanto a repartir pastillas y organizar seminarios para cuentapropistas.

“Convivimos en un entramado de mentiras que va desde el hogar hasta las más altas esferas. Decimos y hacemos lo que no creemos ni sentimos, sabiendo que nuestros interlocutores hacen lo mismo”, agrega la carta. “Mentimos para sobrevivir, esperando que algún día este juego termine o aparezca una vía de escape en una tierra extranjera. Jesucristo dijo: ‘La verdad los hará libres’. Queremos vivir en la verdad”.

En la verdad viven estos tres curas que no desertaron de su cruz. Dudo que sus palabras lleguen al alma de Raúl. Dudo que le abran los ojos al Papa Francisco. Dudo que ni siquiera uno de nuestros obispos tenga el coraje y la caridad de hacerlas suyas. Pero dan testimonio de que esa Iglesia, a la hora probable de una siempre inminente tragedia, todavía puede ser bastión entre las ruinas, puente sobre el abismo. ¿Quién dijo que tres curas no son un pueblo

 

Padre Castor José Álvarez de Devesa, Cura del Modelo, Camagüey

Padre Castor José Álvarez de Devesa, Cura del Modelo, Camagüey

TEXTO COMPLETO DE LA CARTA:

A Raúl Castro Ruz en el XX aniversario de la Misa por la Patria presidida por San Juan Pablo II y las palabras de Mons. Pedro Meurice en la Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, el 24 de enero de 1998.

El pasado primero de enero se ha conmemorado el 59 aniversario del triunfo de una Revolución. Una Revolución necesaria ante las atrocidades cometidas impunemente por un poder que se había vuelto contra este pueblo. Muchos lucharon y muchos murieron por dar a sus hijos una Cuba donde se pudiera vivir en libertad, en paz y prosperidad.

Hoy, casi seis décadas después, tenemos argumentos suficientes para evaluar qué hemos vivido en nuestra tierra. Desde la institucionalización del Partido Comunista como el único partido autorizado a existir, nunca se ha permitido a este pueblo alzar una voz diferente, antes bien, toda voz diferente que ha intentado hacerse oír ha sido silenciada.

Este estilo totalitario ha permeado cada capa de la sociedad. Los cubanos saben que no tienen libertad de expresión, se cuidan para decir lo que piensan y sienten, porque viven con miedo, muchas veces incluso, de aquellos con quienes conviven cada día: compañeros de escuela, de trabajo, vecinos, conocidos y familiares. Convivimos en un entramado de mentiras que va desde el hogar hasta las más altas esferas. Decimos y hacemos lo que no creemos ni sentimos, sabiendo que nuestros interlocutores hacen lo mismo. Mentimos para sobrevivir, esperando que algún día este juego termine o aparezca una vía de escape en una tierra extranjera. Jesucristo dijo: “la verdad los hará libres”. Queremos vivir en la verdad.

El monopolio y control de los medios de comunicación social hace que nadie pueda acceder a medios públicos de comunicación de modo libre. Del mismo modo, no existe, una educación alternativa. Todo niño cubano tiene la obligación de escolarizarse y acceso a la escuela, pero a un solo modelo de escuela, a una sola ideología, a la enseñanza de un único modo de pensar. Los cubanos tienen el derecho a tener alternativas educacionales y opciones para la educación del pensamiento, los padres cubanos tienen el derecho a elegir qué tipo de educación desean para sus hijos.

Es lamentable el desamparo económico que vive este pueblo, obligado por las circunstancias a mendigar la ayuda de familiares que lograron marchar al extranjero o a los extranjeros que nos visitan; a aplicar la justa compensación o a robar todo lo que puede, renombrando al robo con palabras delicadas que ayuden a la conciencia a no mostrarse en toda su crudeza. Muchas familias carecen de una economía mínimamente estable que les permita adquirir serenamente lo básico para vivir. Comer, vestir y calzar a los hijos es un problema cotidiano, el transporte público es un problema, incluso el acceso a muchos medicamentos es un problema. Y en medio de este pueblo que lucha por sobrevivir, se inserta el sufrimiento callado de los ancianos, muchas veces silenciosamente desprotegidos. ¿Cómo se puede decir que es del pueblo, el capital que el pueblo no decide qué se hace con él? ¿Cómo mantener las necesarias instituciones públicas si no se cuenta con los recursos necesarios? ¿Por qué se invita a que vengan extranjeros a invertir con su dinero y no se permite invertir a los cubanos en igualdad de oportunidades? Los cubanos tienen derecho a participar como inversores en la economía y en las negociaciones de nuestra patria.

Padre Roque Nelvis Morales Fonseca, Párroco de Cueto, Holguín

Padre Roque Nelvis Morales Fonseca, Párroco de Cueto, Holguín

Y a todo esto se suma la falta de libertad religiosa. La Iglesia es tolerada, pero no deja de ser vigilada y controlada. Se reduce la plena libertad religiosa con una controlada libertad de permisos de culto. Los cristianos pueden reunirse a compartir su fe, pero no les es permitido construir un templo. La Iglesia puede hacer procesiones e incluso misas públicas, pero siempre a condición de un permiso expreso de las autoridades que, de no otorgarlo, no permite apelación ni da explicación. La Iglesia puede alzar su voz en los templos, pero no tiene acceso libre a los medios masivos de comunicación y, en los escasos momentos en que esto ocurre, es siempre bajo censura. Los laicos son censurados cuando intentan aplicar a la práctica política y social su fe.

Esta dinámica social que ha resultado en Cuba, ha olvidado a la persona, su dignidad de hijo de Dios y sus derechos inalienables; casi 60 años después de que este pueblo creyera en un ideal que siempre se pospone y nunca se realiza. Cuando alguien cuestiona, cuando alguien alza la voz, sólo encuentra vulnerabilidad y exclusión.

Queremos un país donde se respete más la vida desde su concepción hasta la muerte natural, donde se fortalezca la unión de la familia y se cuide el matrimonio entre un hombre y una mujer; en el que las pensiones alcancen a nuestros ancianos para vivir; en el que los profesionales puedan vivir dignamente con sus salarios; en el que los ciudadanos puedan convertirse en empresarios y haya más libertad de trabajo y contratación para los deportistas y artistas. Los jóvenes cubanos deberían encontrar posibilidades de trabajo que les permita desarrollar sus talentos y capacidades aquí y no vean como única salida irse de Cuba.

Tenemos una legalidad supeditada a un poder, la ausencia de un “Estado de Derecho”. Se hace imprescindible la clara distinción e independencia de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Queremos que nuestros jueces no sean presionados, que la ley sea orden, que la ilegalidad no sea una manera de subsistir o un arma de dominio. Que nuestro Capitolio se llene de legisladores que, con pleno poder, representen los intereses de sus electores.

Nuestro pueblo está desanimado y cansado, existe un estancamiento que se resume en dos palabras: sobrevivir o escapar. Los cubanos necesitan vivir la alegría de “pensar y hablar sin hipocresía” con distintos criterios políticos. Estamos cansados de esperar, cansados de huir, cansados de escondernos. Queremos vivir nuestra propia vida.

Esta carta tiene también un propósito, que es un derecho: Queremos elegir en libertad. En Cuba hay votaciones, no elecciones. Urgen elecciones donde podamos decidir no sólo nuestro futuro, sino también nuestro presente. Ahora se nos invita a “votar”, a decir “sí” a lo que ya existe y no hay voluntad de cambiar. Elegir implica, de por sí, opciones diferentes, elegir implica la posibilidad de tomar varios caminos.

Si escribimos esta carta es para evitar que un día, por alguna circunstancia, Cuba se sumerja en cambios violentos que sólo añadirían más sufrimiento inútil. Todavía tenemos tiempo de hacer un proceso progresivo hacia una pluralidad de opciones que permita un cambio favorable para todos. Pero el tiempo se acaba, apremia abrir la puerta.

De nada sirve ocultar la verdad. De nada sirve fingir que no pasa nada. De nada sirve aferrarse al poder. Nuestro Maestro Jesucristo nos dice a los cubanos hoy: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” Estamos a tiempo de construir una realidad diferente. Estamos a tiempo de hacer una Cuba como la deseaba Martí: “con todos y para el bien de todos”.

A la intercesión de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, nos encomendamos. Ella, Madre de todos los cubanos, interceda ante el Señor de la historia que, como dijo en Cuba, Su Santidad Benedicto XVI: “Dios no solo respeta la libertad humana, sino que parece necesitarla”, para que podamos elegir siempre el bien mayor para todos.

Padre Castor José Álvarez de Devesa, Cura del Modelo, Camagüey

Padre José Conrado Rodríguez Alegre, Párroco de San Francisco de Paula, Trinidad, Cienfuegos

Padre Roque Nelvis Morales Fonseca, Párroco de Cueto, Holguín

Misa celebrada en 2017 en la vivienda de Berta Soler, sede de las Damas de Blanco, por el sacerdote Roque Nelvis Morales Fonseca y con celebrada por el P. José Conrado Rodríguez.

Misa celebrada en 2017 en la vivienda de Berta Soler, sede de las Damas de Blanco, por el sacerdote Roque Nelvis Morales Fonseca y con celebrada por el P. José Conrado Rodríguez.

Puedes dejar una respuesta, o trackback una desde su propio sitio.

Deja una respuesta