Adiós, Lenin.

POR ANDRÉS REYNALDO.

El Nuevo Herald – 09 DE NOVIEMBRE DE 2017.

Por ANDRÉS REYNAQLDO

Por ANDRÉS REYNAQLDO

Iban a ser mil años de comunismo. Eso pensé yo en 1980 cuando me subí a un bote en el Mariel. El comunismo arrasaba el mundo: Nicaragua, Angola, Etiopía, Afganistán, Granada. Con los cubanos en la línea de avanzada de la peste roja. En la línea de la carne de cañón. Entonces, ya que iban a ser mil años, era mejor venir para Estados Unidos. Sin patria pero sin Lenin.

Por suerte, me equivoqué. El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. En el Día de Navidad de 1991, la bandera tricolor de la Casa de los Romanov regresó a los techos del Kremlin tras desplomarse la bandera de la hoz y el martillo. El pasado martes, el centenario de la Revolución de Octubre pasó en Rusia con visos de carnaval en barrio pobre. Sin desfiles militares. Sin recepciones en palacio. Sin megaconciertos. La misma prensa de Vladimir Putin fue más crítica en su recuento que The New York Times, la voz del progresismo norteamericano.

Para mi generación de cubanos, el colapso de la Unión Soviética tiene el significado de la opresión vivida. Fidel Castro fue uno de los satélites más serviles de Moscú. Nacidos en la Cuba capitalista, fuimos sometidos a todos los experimentos de adoctrinamiento del manual leninista con el pie de página de un nacionalismo ridículamente mesiánico. En la Constitución de 1976, una cláusula juraba eterna amistad al Kremlin, infamante detalle que suelen pasar por alto quienes ahora tratan de hacernos digerir la dictadura con el adobo de la soberanía.

El comunismo ha sido la mayor catástrofe humana, cultural y económica que registra la historia. Más de 100 millones de cadáveres y siguen contando. Hambrunas deliberadas, campos de concentración, exterminio de clases sociales completas, guerras, deportación de etnias y pueblos. A las víctimas de la maquinaria de la muerte intencional se sumaron las víctimas de los descabellados proyectos de ingeniería social. El principio clásico de conquista se basaba en control militar y diezmo. A esto, los comunistas añadieron los instrumentos de la uniformidad cultural, la prohibición de la religión, la reescritura propagandística de los valores de civilización y la exigencia de una constante confirmación ideológica tanto en el ámbito público como en el privado. (Sobre todo, en el privado). Por primera vez, la policía se encargó, también, de infiltrar la familia, dividir el lecho y vigilar las almas.

Del comunismo se huye, pero no se sobrevive. Algo, en la persona, se pudre de más o florece de menos. Vivirlo para saberlo. Aun en rebeldía, el contexto deforma. De ahí que los únicos reductos libres de la sociedad estén en las cárceles. Los exiliados cubanos de hoy que más se parecen a los exiliados de ayer son los presos políticos que han pasado largas condenas. Aquellos que no tuvieron que comprometer la subsistencia material y la viabilidad social en el marco de la corrupción, la simulación y la autocensura. Comían mal, pero no tenían que negociar para comer. Habría miedo, pero no tenían que disfrazarlo con un acto de adhesión. Fidel les quitaría la salud, la juventud, la felicidad, pero no pudo quitarles la conciencia.

Mi abuelo, que fue un guajiro destrozado por la dictadura de los Castro, decía que el comunismo era un invento de gente mala para el beneficio de la gente mala. De Marx a Maduro, por describir un trayecto desde el pensamiento elaborado al no pensamiento. A beneficio de todo aquel que no admite la independiente autoridad de los principios morales universales. Tan simple. Tan cierto. Menos mal que me equivoqué.

 

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