Cuba, la gran perdedora en ‘El caso Almagro’.

Por Andrés Reynaldo

Por Andrés Reynaldo

Probablemente la historia lo recordará como el caso Almagro. El insólito episodio en que una joven cubana le abrió un escandaloso boquete en la línea de flotación interamericana a la decrépita nave de la dictadura de Raúl Castro.

La Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia, presidida por Rosa María Payá, decidió otorgar el Premio “Oswaldo Payá, Libertad y Vida” a Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), por su defensa de la democracia y los derechos humanos. El evento se adelantó en símbolo al inclusivo futuro que sueña nuestra América Latina: Almagro, una de las más prestigiosas figuras de la izquierda uruguaya, honrado con un galardón en memoria de Payá, líder del Movimiento Cristiano Liberación asesinado por la Seguridad del Estado junto con el opositor Harold Cepero en julio del 2012.

Con no mejor escenario que la modesta casa de los Payá en Centro Habana, fueron invitados a la ceremonia el ex presidente de México, Felipe Calderón; la ex ministra de Educación de Chile, Mariana Aylwin, hija del ex presidente demócrata cristiano Patricio Aylwin; y Martin Palous, ex embajador checo en Estados Unidos y ante las Naciones Unidas. Por azar, pues Rosa María no tendría manera de saberlo, el evento coincidió con la visita de una delegación bipartidista de seis miembros del Congreso encabezada por el senador demócrata de Vermont, Patrick Leahy, con la misión de profundizar la apertura (para llamarlo como ellos lo llaman) con La Habana.

Hay coyunturas en que la dictadura pierde si concede y pierde si prohíbe. Transparente en su organización, legítimo en su propósito, la fuerza subversiva del evento de Rosa María es proporcional a su independencia. Si es independiente tiene que ser anticastrista. Raúl lo tiene claro.

“El evento no se va a realizar porque no dejaremos que se realice”, dice tautológicamente el representante de la cancillería castrista al embajador de Chile.

Esta vez, la dictadura pierde en grande. Las declaraciones de Almagro, Calderón y Aylwin le dan la vuelta al mundo. Una veintena de ex mandatarios iberoamericanos condena la prohibición. The Washington Post y otros medios norteamericanos destacan el compadrito silencio de la delegación de Leahy y ponen en entredicho la política del presidente Barack Obama hacia Raúl. Sin miedo a subir la parada, Rosa María celebra el evento a solas pero acompañada, valga la contradicción, por una atenta opinión pública internacional. Horas después de que elementos progubernamentales la atropellaran en la calle presenta ante el Ministerio de Justicia un recurso para investigar las muertes de Payá y Cepero. El lunes, devela en la fachada de su casa una placa conmemorativa de Payá, que poco después será arrancada por unos desconocidos que todos conocemos.

No deja de asombrar que una iniciativa tan simple arroje una radiografía tan abarcadora. El coraje de una oposición que lleva medio siglo actuando en los márgenes de su exterminio. La complicidad de una parte del establishment de Washington con Raúl. La cobardía de la Iglesia Católica en todo lo relativo a la muerte y la memoria de Payá; una Iglesia que le debe a Payá, por lo menos, la reinserción del pensamiento católico en la política cubana. La insidiosa movilización de los agentes del cambio-fraude para quitarle hierro al escándalo. Para trivializar el abuso.

Vaya estrategia la de Rosa María. Directo a la línea de flotación. El premio habrá sido para Almagro. Pero la libertad es la ganadora.

El Nuevo Herald, 2 de marzo de 2017

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